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jueves, 25 de noviembre de 2010

Autor: San Miguel Mª Teresa



Reseña: “Apego, trauma y violencia: comprendiendo las tendencias destructivas desde la perspectiva de la teoría del apego”. Paul Renn. En: Harding, C. (ed.) Aggression and Destructiveness: Pyschoanalytic Perspectives. New York: Routledge (2006)





En la introducción del capítulo, Renn nos dice que para muchas personas la violencia en las sociedades modernas ha tomado proporciones de “epidemia”. El autor extrae de su práctica como forense el caso de un hombre, Michael, que tras 20 años de matrimonio golpeó con un martillo hasta causar la muerte a su esposa, Anna, a pesar de alegar que él la amaba.

La propuesta de Renn es presentar en primer lugar las premisas y hallazgos de la teoría del apego que nos permitan comprender la violencia masculina que se manifiesta en los vínculos afectivos y, al final, volver sobre el caso de Michael.  

Renn invoca las teorías pioneras de Bowlby para quien el apego es un tipo de comportamiento por el que una persona busca activamente mantener proximidad con otra claramente diferenciada (esto quiere decir que el contacto buscado no es con cualquiera sino con alguien significativo para esa persona). Renn propone que la cualidad principal del cuidador como figura que brinda amor y seguridad permite al niño regular el conflicto básico entre amor y odio. De forma complementaria, la agresión sería la consecuencia de una perturbación traumática del vínculo de apego. En consecuencia, Renn propone que el significado de las agresiones que se producen en el marco de relaciones afectivas adultas ha de buscarse en la matriz particular de las relaciones del sujeto en la infancia. Cuando dichas relaciones no han sido adecuadas, la persona tiende a reaccionar con agresividad cuando percibe amenazas o se siente en peligro. Estas reacciones se caracterizan para Renn por ser “desorganizadas” y por carecer de capacidad para encontrar formas adecuadas de adaptación (maladaptive).

Renn considera que la comunidad psicoanalítica se distanció al principio de lo sostenido por Bowlby debido a que éste enfatizaba el papel de las experiencias traumáticas de la vida real en la génesis de la psicopatología. Pero este primer desencuentro entre teoría del apego y psicoanálisis ha ido evolucionando hacia un mayor acercamiento entre ambas disciplinas, habiendo contribuido a ello tanto los hallazgos de la investigación neurocientífica como otros estudios realizados sobre los efectos del trauma, la regulación de los afectos, la disociación y los tipos de memoria implícita-procedimental. Los hallazgos de estas investigaciones apuntan en una doble dirección: subrayan el papel central que tiene la relación entre cuidador y niño para la transmisión afectiva y la regulación emocional; y, en segundo lugar, destacan la importancia de la intersubjetividad en el desarrollo del cerebro y en el dominio cognitivo de la experiencia.




Teoría del apego y agresión

En este apartado, Renn nos recuerda que para Bowlby la aflicción y duelo patológicos están en la base de los sentimientos agresivos y destructivos, pues estos últimos serían precisamente la reacción que aparece frente a separaciones y pérdidas que el niño vive en sus relaciones familiares. Bowlby consideraba que cuando los niños no pueden expresar sus sentimientos frente a la pérdida de una figura de apego (sentimientos que son ambivalentes e incluyen tanto el anhelo de contacto como el enfado y la rabia) esta vivencia de “división” en los afectos hacia la figura de apego tiene su correlato en un sistema disociado de la personalidad del niño-a. En suma, para Bowlby, en el duelo patológico se reniega (disavow) la pérdida.

Renn alude a la diferencia, ya conocida, entre patrones de apego seguros, inseguros o desorganizados. Estos modelos no son sólo “relacionales” sino que pasan a formar parte de mundo interno en la infancia y tienen su continuidad en las relaciones afectivas de la edad adulta. Estos “modelos internos de apego” sirven para interpretar y predecir tanto el comportamiento como los sentimientos de los otros relativos al apego. Según Renn, estos modelos internos de apego pueden equipararse a las relaciones de objeto (en el sentido kleiniano de objeto interno).

Las ideas de Bowlby sobre la agresión descansan sobre lo que -para el autor- es la función evolutiva del enfado. La protesta airada es una respuesta biológica de carácter instintivo frente a la ansiedad y el miedo que se experimenta cuando la figura de apego se aleja o se pierde. La función adaptativa de la ira sería, pues, aumentar la intensidad de la comunicación con la figura de apego para restablecer el contacto con ella y evitar que el niño se quede sólo.

En los casos en que los padres no se muestran suficientemente disponibles y no existe una figura de apego sustituta, los niños pueden verse empujados a adoptar un distanciamiento emocional a través del cual se niega cualquier necesidad de contacto. Bowlby pensaba que esta exclusión defensiva se convierte en el núcleo de la psicopatología, ya que el alejamiento impide experimentar lo traumático y, por tanto, el niño carece de medios para procesar su experiencia. En la adultez, estos traumatismos pueden activarse en el contexto de vínculos afectivos y desencadenarían todos los afectos de ira y hostilidad contenidos.

A diferencia de esta situación, si los vínculos de apego han sido seguros en la infancia, la persona encuentra formas de sentir y expresar el enfado de forma apropiada, sin que la agresividad se desborde y destruya las relaciones con los otros cuando en dichas relaciones surjan conflictos que desencadenen miedo o pena en el sujeto.   

Para Renn, en resumen, las formas de cuidado y apego introducen al niño y la niña en potenciales sendas de desarrollo que conducen a niveles diferentes de adaptación. Los trastornos en las relaciones de apego terminan por constituir “modelos internos de funcionamiento del apego”, que son como las plantillas de la psicopatología de la vida posterior y entre ellas se pueden incluir las formas de comportamiento agresivo y destructivo de la vida adulta.    



Perspectivas contemporáneas sobre la reacción entre trauma y regulación afectiva

El trauma psicológico implica tener sentimientos intensos de miedo, desprotección y sensación de aniquilación, los cuales desorganizan el funcionamiento mental y privan a las personas de una serie de sensaciones tranquilizadoras como serían las de tener control sobre lo que les acontece, sentirse en contacto emocional con los otros, así como sentir que las relaciones tienen un sentido.

Renn cita a varios autores (DeZulueta, Tyson and Tyson, además del ya mencionado Bowlby) para quienes los afectos traumáticos son un factor de primer orden a la hora de entender las motivaciones agresivas y destructivas.

También Renn subraya lo sostenido por otros (Rutter) en el sentido de que cuando en la infancia se produce una pérdida (padre o madre) no sólo hay que ver los efectos sobre el hijo o la hija, sino contemplar también los efectos de desorganización que dicha pérdida tiene sobre el conjunto de la familia. El autor mencionado por Renn (Rutter, 1997) considera que en estos casos pueden desarrollarse formas de apego enfermizas sin que se haya alterado la estabilidad de la relación.   

En cualquier caso, parece haber coincidencia en que no es el trauma aislado sino el efecto de éste sobre los vínculos, o el hecho de que el trauma aparezca en el interior de vínculos deficitarios, lo que señalaría la dirección en la que se va a desarrollar la personalidad. Asimismo, se considera que es la desorganización  en los vínculos de apego, y no tanto determinados grados de inseguridad en dichos vínculos, lo que sería un factor central en la aparición de agresión y violencia en la vida adulta.

Renn considera que se cuenta con suficientes trabajos para dar por evidente que la regulación emocional es una parte sustancial de la relación entre apego y psicopatología. Renn se apoya en autores como Bradley y Schore quienes han trabajado sobre la importancia de las figuras de apego en regular emociones negativas como el miedo, la vergüenza y la rabia. Shore (1991, 1994) puntualiza que el desarrollo del sistema de  regulación emocional en el hemisferio derecho del cerebro atraviesa una fase crítica durante el segundo año de la vida; de manera que un temprano fallo en la regulación de una emoción como la vergüenza puede traer aparejados desórdenes asociados con la regulación de la agresión.

En cualquier caso, según el autor, el problema es que el “trauma relacional” se encuentra típicamente en familias donde las deficiencias son acumulativas. En ellas, el adulto responsable de cuidar al niño-a provoca fallas en la regulación afectiva de éste-a y, lo que es más  importante, o es incapaz de dar cariño o cuando lo da es de forma inconsistente. Como resultado de este fallo de “entonamiento” afectivo, el niño queda en un estado psicobiológico profundamente desorganizado. La respuesta del niño a un ambiente que le produce mucho miedo es desarrollar una hipervigilancia y una reacción extremada, ya sea ésta la de expresar emociones intensas ante cualquier pequeño cambio en el contacto con los otros o, por el contrario, evitar dicho contacto, disociando una afectividad que aparece muy restringida y mostrando un alto grado de obediencia y conformidad. En cualquier caso, estos formatos de interacción van a terminar por formar parte del psiquismo y uno de sus efectos sería el de dañar la capacidad para procesar la información emocional en el seno de las relaciones con los otros     

Podría decirse, en suma, que los efectos de un traumatismo temprano en la relación del niño con figuras de apego pueden conducir tanto a una deficiente capacidad para procesar la información emocional que nos transmiten los otros, como a tener dificultades en grado variable para regular los  estados corporales (p. 63). Si las figuras parentales son incapaces de ayudar a sus hijos cuando estos se sienten atemorizados, se va desarrollando durante la infancia una excesiva sensibilidad frente a cualquier estrés que se expresará en la vida adulta como incapacidad de hacer frente a cualquier situación conflictiva.      

Los estudios de neurociencia afirman que el trauma induce una deficiencia en el sistema orbito-frontal del cerebro derecho; como resultado de esta deficiencia, no se produce una adecuada transmisión de la información afectiva al lateral izquierdo del cerebro donde se procesaría semánticamente. Esto quiere decir que bloques de la experiencia pueden quedar sin significado y, en general, la persona carece de un relato integrado y coherente de su experiencia emocional y de sí-misma.   




La teoría del apego y la transmisión de afectos.

Renn (p. 64) considera que la teoría del apego puede considerarse como una teoría de la regulación emocional, ya que la calidad del cuidado transmite una determinada organización del apego en la que se puede incluir un estilo característico de regulación de las emociones. Renn invoca los trabajos de Stern, Beebe y Lachmann, Lyons-Ruth y otros en los que se nos muestra la forma sutil en que se transmiten de una generación a otra las emociones; serán las inflexiones de la voz, las miradas, las posturas corporales o las expresiones del rostro las que nos permitan ir adquiriendo un conocimiento sobre lo emocional que es conocimiento implícito y que se produce siempre en el marco de una relación.

Renn también recoge las aportaciones de Main, Kaplan y Cassidy que han permitido ver que los padres transmiten a sus hijos sus modelos internos de apego y que esta influencia se dejará ver, sobre todo, en el tipo de relaciones íntimas que ellos establecerán en el futuro con sus parejas.

Como han mostrado numerosos estudios, los niños que han disfrutado de una relación de apego seguro tienden, en su vida adulta, a buscar formas de reparar los efectos de  las rupturas en las relaciones y eso hace que sus vínculos tengan una relativa consistencia. Cuando el apego ha sido inseguro y los niños no han recibido atención de los padres frente a diversas formas de estrés sufridas, la tendencia que aparece es una reducción en la expresión tanto de sus necesidades de recibir ayuda, como de sus sentimientos de vulnerabilidad. Esta deficiencia en la expresión de afectos empuja al niño-a a una desconexión de sus propios estados emocionales.

En cuanto a los niños y niñas criados en vínculos de apego desorganizado, éste puede provenir tanto de padres que atemorizan a sus hijos-as (donde se dan formas francas de maltrato), como de padres que alternan entre proveer de cuidados adecuados y retirar bruscamente cualquier tipo de disponibilidad y vínculo afectivo con los hijos-as.

En aquellos casos en que ambos padres son responsables de provocar miedo e intranquilidad en sus hijos, los niños y las niñas se ven abocados-as a un callejón sin salida ya que son las propias figuras protectoras las que producen temor. Como escapar físicamente del traumatismo es imposible, los niños alternan entre estados de hiper-vigilancia y protesta airada y estados en los que predomina la disociación y un bajo tono emocional.                 

Renn concluye que cuando nos encontramos con traumas acumulativos en las relaciones, éstos van a terminar por producir un impacto en la maduración del sistema orbito-frontal y generar una permanente falta de regulación en los estados de miedo.

Por último, los trabajos de Lyons-Ruth y Jacobvitz relacionan el apego desorganizado con una predisposición a la violencia en las relaciones personales, a padecer estados disociativos y trastornos de conducta en niños y adolescentes, así como a desarrollar un en la vida adulta el denominado trastorno borderline  de la personalidad.      




Separación y proceso de diferenciación psicológica

La seguridad que pueda proporcionar la figura de apego es fundamental para que se desarrolle en la infancia un deseo de explorar y de separarse. Bowlby presentó en términos de “ambivalencia” lo que los niños experimentan entre su tendencia a buscar conexión emocional y su tendencia a la autonomía. Teóricos de la escuela de las “relaciones objetales”, como Balint, Khan o Winnicott; y otros autores pertenecientes a la “psicología del yo”, como Mahler y Furere, han puesto de relevancia la importancia de que los niños tengan un cierto grado de agresividad y de capacidad de desafío como medio para conseguir un sentimiento óptimo de diferenciación de las figuras parentales. Esta diferenciación permite tanto un desarrollo de la capacidad de exploración autónoma como la emergencia del sentimiento de agentic self  (vivencia de ser sujeto y dueño de los propios actos).

Renn cita asimismo a autores como Benjamin y Ogden para quienes es necesario un proceso de diferenciación entre el niño y su cuidador como vía para tener una perspectiva subjetiva. Los abusos de los padres, su narcisismo o negligencia hacia los hijos-as generan tales grados de ansiedad e inseguridad en ellos-as que tornan muy problemático el proceso de separación y discriminación. Renn añade la perspectiva de autores para quienes el padre tiene un rol importante en impulsar a que el hijo-a salga del vínculo diádico que establece con la madre, así como ser ese “tercero” que puede dar una segunda oportunidad al niño o la niña para desarrollar un sí-mismo seguro (Fonagy, Target). Fonagy es el autor que más ha incidido en que la relación de apego es fundamental para el desarrollo de la capacidad de “mentalización”.

Renn señala que, muy a menudo, la figura paterna ha estado ausente o inaccesible emocionalmente. Esta situación resulta exacerbada, según el autor, por las interminables jornadas laborables de muchos hombres, así como por los altos índices de separación y divorcio en nuestras sociedades contemporáneas. En los casos en que ambos padres resultan incapaces para cumplir las funciones de su rol como figuras de apego, es importante la existencia de una figura de apego en el entorno familiar (como el abuelo o la abuela) que pueda permitir el desarrollo de la capacidad de mentalización (Fonagy).  



Teoría del apego y violencia

Antes de introducirse en el tema de las relaciones entre apego y violencia en los vínculos interpersonales, Renn sigue a De Zulueta (1993) al proponer la diferencia entre violencia y agresión. La agresión es definida como un estilo de relación con los otros caracterizado por la ira, la envidia, el odio y la hostilidad. Los sentimientos agresivos pueden ser expresados verbalmente o transmitidos de forma no-verbal, pero nunca a través de actos físicos. Contrariamente, el acto violento consiste en un ataque dirigido contra el cuerpo del otro con la intención de causar daño físico e injuriar psicológicamente.

En la violencia pueden distinguirse dos tipos. El primero es la violencia depredadora o psicopática, la cual es planificada de antemano y cuya ejecución se realiza exenta de emociones. El segundo tipo sería la denominada violencia defensiva o afectiva, la cual  surge como reacción a una amenaza que es percibida como un peligro para la seguridad personal. Este tipo de violencia viene precedida por altos niveles emocionales. Renn cita a Cartwright (2002) -autor para quien la característica común de ambos tipos de violencia  es la falta de simbolización (siguiendo el concepto de “mentalización” de Fonagy)- pero precisa que él se va a centrar en la violencia llamada “defensiva”.

Renn desgrana una serie de datos sobre la violencia criminal. El primero de ellos es que de un total de 1048 homicidios contabilizados en el período 2002/2003 en Inglaterra y Gales, la mayoría fueron cometidos en el seno de la familia, siendo las víctimas las mujeres y los niños. También se cuentan por millones (más de seis) el número de incidentes violentos en el ámbito doméstico. Como es bien conocido por los profesionales que trabajan con temas de maltrato, la mayoría absoluta de las agresiones físicas entre adultos se dan entre personas que están ligadas afectivamente.

Renn (p. 68) cita a Bowlby (1973, 1988) para quien la violencia ha de comprenderse como una exageración y distorsión de las reacciones de ira a través de las cuales el niño retiene a la figura de apego; esta ira es, por tanto, una conducta potencialmente funcional para mantener el vínculo de apego. Bowlby entiende el asesinato como la incapacidad de quien perpetra dicho crimen para tolerar el alejamiento de la figura de apego. Renn añade que esta idea se ve confirmado por estudios que muestran que la mayoría de los asesinatos de las esposas son llevados a cabo por sus maridos tras la separación física entre ambos.

Renn cita a Fonagy y Target quienes mantienen que, en el caso de individuos violentos, el  tipo de daño que han sufrido en su infancia suele ser un tipo de violación del self más sutil y encubierto que otras formas de traumatismo y abuso más franco.

Renn se apoya en su experiencia clínica para concluir que el aspecto central de la estructura defensiva del asesino consiste en un falso-self, siendo reforzados el comportamiento y las actitudes “pseudos-independientes” por el distanciamiento emocional, la idealización y la “defensa moral”.

Renn presenta un diagrama en el que se detalla su modelo teórico sobre la violencia afectiva masculina y otro para describir su modelo de trabajo terapéutico con estos pacientes. Respecto al primer diagrama, el autor parte de un trauma infantil que sería: separación, abandono, abuso y/o negligencia que se producen el contexto de un sistema de apego-cuidado desorganizado. La conexión de este tipo de apego desorganizado con  traumatismos sobre los que no se ha hecho nada y un sistema de representación caracterizado por la disociación va a dar lugar a duelos patológicos, distancia emocional e incapacidad para regular los estados afectivos.

El efecto de todo lo anterior es una percepción distorsionada de la pareja y una conducta controladora substancialmente indebida. Ante un abandono percibido o real, se activaría el miedo y el sistema de apego desorganizado, lo que trae aparejado desregulación afectiva, retraumatización y conducta violenta.   

En cuanto a si existen diferencias de género respecto a la conducta violenta, Renn cita un trabajo (Mirrless-Black, 1999) realizado en Gran Bretaña en el que se afirma que se han encontrado niveles similares de violencia doméstica en hombres y mujeres, aunque se matiza que las injurias que los hombres infligen a las mujeres suelen ser más graves, reflejando la mayor fuerza física de los varones. Al tiempo, se registra un incremento de la violencia de las mujeres en los espacios públicos. En otro estudio citado por Renn (Roberts y Soller, 1998) se compara a hombres y mujeres violentos y se concluye que  las mujeres violentas no lo son fuera de las relaciones de pareja.  




Una viñeta clínica de la práctica forense    

Desde la teoría del apego, los síntomas destructivos del paciente se comprenden como expresión de una experiencia traumática que no ha sido procesada y que queda registrada en la memoria implícita-procedimental y representada en los modelos internos self-otro. Tanto la memoria afectiva como los modelos de interacción emergen en el sistema de relación o intersubjetivo



Caso Michael

Michael mató a su ex-mujer, Anna, golpeándola con un martillo en el curso de una acalorada discusión en la que la acusaba de hablar mal de él a los hijos. Habían estado casados 20 años y tenían cuatro hijos de edades comprendidas entre los 10 y los 18 años.

Renn nos cuenta que los padres de Michael se separaron cuando él tenía cuatro años y perdió el contacto con su padre cuando su madre volvió a casarse. M. sentía que se había convertido en un extraño para su madre y su nuevo marido pues ellos estaban ocupados en montar un negocio, de manera que M. se vuelve hacia la abuela materna con la que desarrolla un vínculo de apego sustitutivo. 

En la juventud, Michael conoce y comienza una relación con Clare. Ella rompe el compromiso de forma precipitada. Posteriormente, Michael se encontró casualmente con Clare y la apuñala en el pecho. Estuvo cuatro años en prisión. Después volvió a ser condenado por robo, posesión de armas de fuego y lesiones.  

La actividad delictiva de Michael cesa cuando comienza una relación con Anna. En los cuatro años previos al asesinato, la tensión crece entre la pareja: él trabaja muchas horas fuera de casa y ella comienza una relación extramarital. La distancia afectiva y sexual entre ellos crece sin parar. La situación se complica todavía más porque Anna empieza a beber en exceso y él se torna progresivamente controlador. Fallecen la madre y la abuela de Michael.

La pareja no consigue arreglar sus diferencias, Michael intenta suicidarse y es hospitalizado por depresión. De vuelta a la casa, Anna acusa a Michael de golpearla y él es arrestado, además de que se le retira la custodia de los hijos por tres meses. Durante ese tiempo, ella pide el divorcio. A los pocos días, Michael va a verla. Cuando Anna se niega a hablar con él y amenaza con avisar a la policía, Michael la asesina.

Renn cita lo que parecen ser palabras textuales de Michael: “toda mi ira y mi frustración estallaron de repente”. La policía encontró  a Michael sentado en su coche, delante de la casa familiar. Fue condenado a siete años de prisión. Michael hablaba de su amor por Anna y de que nunca hubiera podido imaginar que ella lo abandonara. Michael creía que ella lo había provocado al alegar que la había pegado cuando lo único que ella pretendía era tener una causa para divorciarse de él.

Renn comenta la incapacidad de Michael para experimentar sentimientos de empatía hacia Anna, pero subraya lo profundamente conmovido que se sentía porque había arruinado la posibilidad de que sus hijos gozaran de una “perfecta” infancia que él nunca tuvo.

Para el autor nos encontramos en presencia de un trauma acumulativo con efectos sobre el desarrollo neurológico. Sin haber podido contado con ayuda, Michael nunca pudo procesar sus experiencias de haber sufrido abuso sexual y abandonos por parte de las figuras de apego. Renn afirma que mientras Anna fue emocionalmente accesible, Michael pudo, con sus defensas, mantener su miedo y su angustia dentro de proporciones manejables. Cuando Michael percibe que ella se aleja, se dispara el miedo, su conducta se vuelve progresivamente desorganizada y sus defensas fracasan en regular los afectos negativos, lo cual culmina en una explosión de ira asesina. Renn continúa interpretando que el primer ataque de Michael contra Clare (su primera relación) también puede ser visto como indicador de que la pérdida dispara en Michael modelos internos de relación que son poco adecuados, fruto de sus vínculos infantiles de apego desorganizado. 

Renn no deja de reconocer como probable que cualquier mujer con la que Michael desarrolle una relación íntima se encuentra en peligro de ser dañada si la relación se rompe. Según el autor, un trabajo psicodinámico con base en la perspectiva del apego podría aminorar la catastrófica experiencia de Michael con los abandonos y los rechazos, lo que reduciría el riesgo de las mujeres con las que se relacionara. Este encomiable deseo de Renn, al parecer no pudo cumplirse y el autor concluye con una comunicación escalofriante: Michael entabló una nueva relación con una mujer a la que golpeó hasta la muerte cuando ella quiso romper la relación. Después de matarla, Michael se fue a correr, no sin antes dejar una nota a la policía admitiendo su crimen e indicando el lugar en el que encontrarían el cuerpo de ella.         



Comentarios críticos

Renn realiza un recorrido por las teorías del apego con la pretensión de que dichas teorías nos van a permitir entender la “violencia masculina en el interior de vínculos afectivos”. Es con estas palabras con las que el autor designa lo que muchas autoras feministas, entre las que me encuentro, preferiríamos denominar violencia de género o violencia ejercida contra las mujeres. No es que Renn desconozca quiénes son mayoritariamente las víctimas (él mismo aporta datos sobre el nº de homicidios de mujeres y niños en Inglaterra durante el período 2002/3) pero al hablar de dicha violencia la denomina  “incidentes de violencia doméstica” (incidents of domestic physical assaults), incidentes que pasan a ser descritos en términos de “asaltos violentos entre adultos que ocurren cuando existen vínculos de apego entre ellos”. Parece un circunloquio que evita plantear en términos más claros los golpes y el asesinato de que son objeto las mujeres a manos de sus parejas del género masculino.

Con respecto a la tesis central de Renn, la causalidad que el establece entre relaciones tempranas de apego desorganizado y violencia física en la etapa adulta, nos parece francamente insostenible. Como también resulta discutible la continuidad que existe para el autor (p. 73) entre las reacciones de la infancia y las de la edad adulta:

En la infancia, él expresaba su tensión y su enfado corriendo alrededor de la casa y haciéndose pis en la cama, mientras que en su edad adulta esto fue actuado como un crimen violento.[1]

Resulta indudable el nivel de déficit en la regulación emocional que ocasionan las relaciones traumáticas (se trate de abuso sexual, maltrato físico o deficiencias psíquicas graves) pues existe abundante material clínico al respecto. Ahora bien, como mucho se puede coincidir con el autor en que dichos traumatismos son condición necesaria, pero no suficiente, para explicar estallidos de violencia que -en el caso que Renn nos trae- llevan a Michael matar a golpes a dos mujeres a quienes afirma amar (p. 59).

Como ya indicó el filósofo Schopenhauer en su ameno tratado “El arte de tener razón”[2], no delimitar claramente la causalidad da lugar a argumentos falaces. Así, en este artículo, se hace pasar por causa del comportamiento violento de Michael sus traumas de apego en la infancia, lo cual podríamos calificar, con Schopenhauer, como fallacia non causae ut causae, (falacia de hacer pasar por causa lo que no es), dado que existen numerosos casos de sujetos que han padecido tales traumas y que, sin embargo, no han desembocado en actitudes violentas. Con el agravante, en este caso, de que la orientación del tratamiento recomendado se fundamenta en la causa supuesta.    

La teoría del apego nos resulta muy válida para entender reacciones emocionales frente a carencias en la figura de apego como puede ser la ira, pero no termina de dar cuenta de cuáles serían las condiciones para que esos patrones de irascibilidad y déficit de regulación emocional terminen en una violencia contra la persona “querida”. Este sería precisamente el elemento fundamental para una reflexión sobre la génesis de la violencia. Pero en el artículo reseñado se hace un continuum entre las reacciones de ira infantiles (que aparecen como reacción al alejamiento de la figura de apego) y el ejercicio de la violencia que busca dañar al otro (y no sólo impedir que se aleje). Así como el enfado y la protesta infantil pueden considerarse reacciones “primarias” y que tienen una finalidad biológica, no vemos ninguna relación entre esto y las explosiones de cólera que culminan en un ataque contra la integridad de otra persona.

Una vez que apuntamos esta insuficiencia es dable reconocer que precisamos de mayores estudios sobre la patología de los hombres que maltratan y para los que Dutton (1995), que figura en la bibliografía de Renn, nos propone una clasificación de los tipos de “golpeador” en el que retrata un tipo de trastorno de personalidad que podría corresponder con el caso de Renn, pero se nos da poca información específica sobre su génesis.

Tampoco nos resulta particularmente afortunada la definición de violencia “defensiva” o “afectiva” que el autor toma de Fonagy (1999), pues se supone que en estos casos la violencia se desencadena automáticamente si una persona se siente en peligro al ser abandonada por figuras de apego. De nuevo, bastaría contemplar el vasto mundo de angustias persecutorias, de atentados a la supervivencia y de injurias narcisistas que sufren muchos pacientes (varones y, sobre todo, mujeres) para que resulte insostenible esa especie de silogismo que liga de forma causal vivencias de estar en peligro, rabia y… golpear a alguien hasta matarlo. Si la característica de esta violencia es que aparece en el terreno “relacional” no creemos que  pueda ser etiquetada ni de “defensiva” ni de “afectiva”, pues contemplada desde el vínculo parece más oportuna tildarla de   “ofensiva” y “cargada de odio”.

El trabajo terapéutico con hombres que maltratan a sus parejas podría ser una oportunidad para elaborar una psicopatología del dominio y la agresión que siempre se echa en falta en los manuales clásicos del psicoanálisis, tan abultados, sin embargo, de patologías de sumisión y masoquismo. Sorprende un tanto que no se encuentren “compensaciones” psíquicas que el ejercicio de la violencia pueda deparar para el agresor, hasta el punto de que éste se nos presenta sólo en su vertiente de víctima. Como bien ha puesto de manifiesto Bleichmar (1997), la agresividad es un recurso muy socorrido porque permite cambiar de forma instantánea el sentimiento de fragilidad o inferioridad por el de fortaleza y superioridad. Este cambio, en el campo de intersubjetividad implica que se proyecten (y se le hagan experimentar al otro) los sentimientos de vergüenza y/o temor, de manera que el agresor pueda retener los sentimientos de dominio y el poder de intimidar al otro. Si esto sucede con cualquier expresión –verbal o no verbal- de agresividad ¿qué no sucederá cuando la violencia le da al agresor el poder de dañar físicamente e incluso de decidir si le quita la vida al otro? Aunque Renn insista en que las agresiones suceden en medio de explosiones emocionales ¿en qué se convierte la otra para quien la golpea?, ¿qué sucede en la mente de alguien para que el dolor, el terror, la sangre e incluso el cuerpo destrozado no logren detenerlo?

Renn termina su artículo lamentando que el hecho de que Michael no hubiera podido trabajar sus traumas costó la vida a otra mujer. Pero tanta empatía para el sufrimiento de Michael y tan poca para sus víctimas no parece muy justo. Sobre todo porque no creemos que sea aquel niño que efectivamente sufrió abandono (parcialmente de la madre, total por parte del padre) y abuso sexual (perpetrado por un amigo del abuelo), aquel niño, decimos, no creemos que sea el mismo que golpea con un martillo a Anna. Michael es un adulto que no tolera que “su” mujer le prive de aquello que él desea y necesita; un adulto que se siente con el derecho a someter con golpes a una mujer que se niega a hablar con él y que él convertirá en víctima indefensa, a su merced, incapaz de cualquier rebelión y que pagará con su vida haberlo ofendido y haberlo abandonado.

lunes, 15 de noviembre de 2010

No love

Este video de eminem
muestra como una persona con agresion fisica constante y discriminacion se trauma mentalmente y sufre todo el tiempo por ello
El video trata de un adolescente al que lo maltratan compañeros de su escuela
Realmente hay que tomar conciencia de que la discriminacion y la agresion fisica es un defecto que muchos tienen y por ello se creen mas que vos
"la indiferencia mata" hay que tratar que no te mate a vos por ser indiferente




martes, 9 de noviembre de 2010

Psiquis


¿que buscamos cuando buscamos amor?

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¿que buscamos cuando buscamos un amor?


En nuestro entorno y en nuestras conversaciones señalamos a unas parejas como "la pareja ideal", pero ¿Qué tiene esto de realidad y qué tiene de mito?, ¿Acaso la pareja ideal no tiene momentos de crisis?, ¿Son ideales las 24 horas? Todas estas preguntas son muy personales, tanto que dependen mucho de ti, de la otra persona y de las circunstancias que te rodeen. Lo importante para que alguien se convierta en tu pareja ideal es elegir bien a esa pareja.
Muchas veces nos dejamos llevar por alguien al que tenemos cariño y que nos trata bien y acabamos en una relación larga y duradera pero que tan sólo se sostiene por el cariño, el respeto y la buena convivencia, ¿Es esto una pareja ideal? No. Aunque todo vaya bien y puedas aprobar con nota a tu pareja en todos los asuntos del matrimonio, noviazgo o de la relación que estés manteniendo una pareja ideal es mucho más que eso.
¿Qué es una pareja perfecta?

No tiene por qué ser igual que nosotros pero tampoco el contrario más opuesto, como en casi todo, el término medio es lo correcto.
Lo ideal es que en las relaciones afectivas que tengas en tu vida encuentres personas que te complementen y esto no quiere decir que suplan tus carencias, sino que te entiendan y se pongan en tu piel en todo momento.
De esta manera, si a tu pareja sólo le hace falta mirarte para saber cómo estás o escuchar tu aliento al teléfono es que te conoce bien, pero no basta sólo con esto, debe entenderte y actuar en consecuencia.
Una pareja debe ser una relación madura y lleva implícito un compromiso, no tiene que ser el mismo en todas las parejas, pero normalmente a la pareja la une algo más que el amor, ya sea un compromiso material, sentimental, sexual o moral.
Uno de los errores más graves es creernos que sólo somos nosotras las que tenemos que sentir esa felicidad, ¿Y si nos preocupamos un poco por los demás, por el de enfrente?, y sí. Te sentirás muy bien y muy feliz si haces feliz a los demás. Cuando alcances este punto significará que estás muy a gusto con la persona que tienes al lado y lo que más quieres es hacerla feliz.
Si resulta que siempre actúas para hacer feliz al otro, pensando también en ti, por supuesto, seguro que estás muy cerca de ser su pareja ideal ¡y al contrario!
No intentes buscar en una sola persona tu ideal porque es muy difícil alcanzar una fantasía de este tipo. Confeccionas en tu cabeza un modelo de persona perfecta para vos, pero en la realidad ese ideal de persona no existe sino que existen muchas personas que uniendo sus cualidades y su personalidad pueden acercarse al ideal que anhelas. Baja a la tierra y haz que los mortales lleguen a ser tu pareja ideal, depende de vos.
“Muchas personas sueñan con la pareja ideal, la “media naranja”, el alma gemela. Pero pocas, llegan a hacer realidad sus sueños.”
La mayoría de nosotros tenemos una lista de nociones que describe nuestra pareja ideal. A menudo, recitamos partes de esta lista sobre lo que queremos de una relación. La realidad, inevitablemente, no suele reflejar nuestros ideales y, como resultado, relaciones potencialmente buenas, se encuentran bloqueadas, sino perdidas.
La idealización del amor-pasión

Nuestra cultura es excesivamente compleja como para explicar los asuntos de la pasión y el corazón como si fuesen únicamente una cuestión de hipotálamo, de feromonas, de olor corporal o de evolución (elegimos al más apto para procrear).
Explicar cómo la ideología del amor y el cebo del romanticismo sustentan en nuestras sociedades la estructura familiar supone entender cómo, a estas alturas de nuestra historia, el matrimonio y la pareja siguen siendo núcleos fundamentales en la organización de nuestras comunidades.
En una encuesta realizada aparece el dato significativo de que el 90% de las personas encuestadas manifiestan que no se casarían con alguien del que no se sintiesen enamoradas. ¿Cómo se consolida, pues, el matrimonio en sociedades no utilitaristas y librepensadoras? Uniéndolo a la pasión. Lo que no parece que aprendamos es que el amor novelesco triunfa sobre gran cantidad de obstáculos, pero hay uno contra el que se estrellará siempre: la duración.
Sin la idealización del amor-pasión es bastante probable que nuestros escépticos y cada vez más laicos jóvenes no se unirían ni por lo civil ni por la Iglesia para crear una familia. En todo caso, tendrían más claro que el matrimonio convenido para pagar el piso o la luz a medias, construir una célula económica o tener hijos o mantener relaciones sexuales es más una cuestión de contrato y no tanto una unión romántica o pasional. Descubrir esta trampa, analizarla y asumirla genera bastante confusión en nuestras vidas, algunas dificultades, frustración y muchas consultas. Lo que más esquizofrenia produce en las parejas es que la pasión arruina la idea misma de matrimonio precisamente cuando se les había presentado como sustentadora y motivadora de él.
La cultura occidental, a través de su lírica, nos presenta un modelo amoroso que tiene una serie de características: la idea del amor presupone el gusto por las desgracias, por los amores imposibles (Tristán e Isolda, Romeo y Julieta), la hiperidealización del amor y de la persona amada. De tal forma es así que el amor feliz no tiene historia, sólo el amor amenazado y condenado es novelesco y cinematográfico. Lo que exalta el lirismo occidental no es el placer de los sentidos ni la paz fecunda de la pareja, no es el respeto y el conocimiento del otro, sino el amor como pasión sufriente. El amor en la literatura y el cine

En la literatura y el cine los personajes que encarnan a los héroes románticos no se aman; lo que aman es el amor, el hecho mismo de amar. Y actúan como si hubiesen comprendido que todo lo que se opone al amor lo preserva y lo consagra en su corazón, para exaltarlo hasta el infinito. Los amantes son más felices en la desgracia de amor que en la tranquilidad cotidiana del afecto mantenido. Se necesitan uno a otro para arder, pero no al otro tal y como es, y no la presencia del otro, sino más bien su ausencia. Son los obstáculos más graves los que se prefieren por encima de todo para engrandecer la pasión.
A veces no es el obstáculo lo que está al servicio de la pasión fatal, sino que, al contrario, se ha convertido en la meta, en el fin deseado por sí mismo. Pienso, por ejemplo, en la sicología de los celos, deseados o provocados, solapadamente favorecidos para volver a sentir como al principio, y en toda la literatura que se ha generado en torno a ellos.
La literatura dotó de lenguaje a la pasión. ¿Cuántas personas reconocerían el sentimiento amoroso si no hubiesen oído hablar jamás de él? Pasión y expresión apenas son separables. A partir del momento en el que el instinto se pierde, la pasión tiende a relatarse a sí misma, sea para justificarse, para exaltarse o simplemente para mantenerse. La adopción de cierto lenguaje implica y favorece el desarrollo de ciertos sentimientos: “mi vida ha sido una larga espera hasta encontrarte”, “no puedo vivir sin vos”, “sin vos no soy nada”, “te quiero más que a mi vida”, “matame de pena pero quereme”.
Por supuesto que actualmente en la literatura y en el cine se cuentan historias que nos dicen lo que pasa después del “fueron felices y comieron perdices”, pero aquí estoy hablando de nuestros mitos. Lo que hace que una historia se convierta en mito es precisamente ese imperio que ejercen sobre nosotros y a pesar nuestro y generalmente sin que lo sepamos.
Un mito es una historia, una fábula simbólica, simple y patente, que resume un número infinito de situaciones más o menos análogas. El mito permite captar de un vistazo ciertos tipos de relaciones constantes y destacarlas del revoltijo de las apariencias cotidianas. En un sentido más estricto, los mitos traducen las reglas de conducta de un grupo. El mito se deja ver en la mayor parte de nuestras películas y novelas, en su éxito entre las masas, en las complacencias y los sentimientos que despiertan, en nuestros sueños de amores milagrosos. El mito de la pasión actúa en todos los lugares en los que ésta es soñada como un ideal y no temida como una fiebre maligna; en todos los lugares en que su fatalidad es requerida, imaginada como una bella y deseable catástrofe. Vive de la misma vida de los que creen que el amor es un destino, que nos ha de consumir con el más puro y más fuerte y más verdadero fuego, que arrastra felicidad, sociedad y moral. Vive de la misma vida que nuestro romanticismo.
Racionalmente, sabemos que la pasión y el deseo se acaban, que la vida en común es complicada e implica una negociación constante, que la convivencia transforma irremediablemente el deseo; sin embargo, vivimos aún en la idea del mito del amor-pasión que ha generado y genera un prototipo de relación. Sabemos que el amor es una cosa pero fantaseamos con otra: un amor eterno, único y permanente en el tiempo. Una construcción de Occidente

El mito del amor pasional es una construcción de Occidente. En Oriente y en la Grecia contemporánea de Platón el amor es concebido como placer, como simple voluptuosidad física. Y la pasión, en su sentido trágico y doloroso, no solamente es escasa, sino que además, y sobre todo, es despreciada por la moral corriente como una enfermedad frenética.
El concepto de amor no existe en China. El verbo amar es empleado sólo para definir las relaciones entre la madre y los hijos. El marido no ama a la mujer, “tiene afecto por ella”. A los chinos se les casa muy jóvenes y el problema del amor no se plantea. No comparten las eternas dudas europeas: ¿es amor o no esto que siento?, ¿amo a esta mujer, a este hombre o siento sólo afecto?, ¿amo a ese ser o amo al amor? Tampoco sienten desesperación o dolor cuando descubren que han confundido el amor con las ganas de amar. Un psiquiatra chino consideraría síntomas de locura estas cuestiones. Mientras que en muchos países los matrimonios son concertados previamente, en nuestras sociedades, la base de una institución social básica, la familia, se fundamenta en el amor romántico.
El ideal romántico construido culturalmente ofrece al individuo un modelo de conducta amorosa, organizado alrededor de factores sociales y psicológicos; durante nuestra larga socialización aprendemos lo que significa enamorarse, le asociamos a ese estado determinados sentimientos que debemos tener, el cómo, el cuándo, de quién y de quién no... Algunos elementos son prototípicos: inicio súbito (amor a primera vista), sacrificio por el otro, pruebas de amor, fusión con el otro, olvido de la propia vida, expectativas mágicas, como la de encontrar un ser absolutamente complementario (la media naranja), vivir en una simbiosis que se establece cuando los individuos se comportan como si de verdad tuviesen necesidad uno del otro para respirar y moverse, formando así, entre ambos, un todo indisoluble.
Este concepto de amor aparece con especial fuerza en la educación sentimental de las mujeres. Para nosotras, vivir el amor ha sido un aspecto que empalidece a todos los demás. Nuestras heroínas literarias como madame Bobary, la Regenta, Julieta, Melibea, la Dama de las Camelias, Ana Karenina... viven el amor como proyecto fundamental de su vida. En la mayoría de estas historias vemos que lo que para la protagonista es la vida entera, para el personaje masculino es sólo una parte de su existencia. El amor como proyecto prioritario y sustancial sigue siendo fundamental para muchas mujeres, sin el cual sienten que su existencia carece de sentido.
A pesar de los cambios profundos conseguidos en el siglo XX por el movimiento feminista, las mujeres, en mayor medida que los hombres, asumen ese modelo de amor y de romanticismo que nos hace ordenar nuestra biografía y nuestra historia personal en torno a la consecución del amor. Muchas mujeres buscan aún la justificación de su existencia dando al amor un papel vertebrador de la misma, concediéndole más tiempo, más espacio imaginario y real, mientras que los hombres conceden más tiempo y espacio a ser reconocidos y considerados por la sociedad y sus iguales.
Mientras que, por lo general, solemos elegir a las amistades entre aquellas que más nos gratifican, que más nos respetan y que más compensaciones emocionales y afectivas nos reportan, sin embargo, es posible que nos relacionemos a nivel de pareja con personas que no sólo no nos gratifican, sino que nos llenan de amargura, sufrimiento y daño físico y psíquico. ¿Cómo explicar la persistencia del amor o la relación en estos casos? ¿Cómo se puede amar a quien te mortifica y anula? No es una cuestión de irracionalidad, y me niego a creer que las personas, sobre todo mujeres, que viven estas situaciones son tontas, masoquistas o descerebradas. Es importante que comencemos a explicar esos amores patéticos y llenos de sufrimiento, sacrificios personales y renuncias, sobre todo cuando, en mayor o menos medida, muchas personas han vivido y soportado en sus relaciones de pareja alguna que otra humillación, falta de respeto por sus opciones u opiniones, limitaciones a la libertad, algún que otro desprecio, presiones para hacer esto o lo otro, chantajes e imposiciones.
El mito de la “Media Naranja”

En este mito se asume que cada persona es una mitad de un todo, no es un ser completo por sí mismo/a, sino sólo una parte que se tiene que sumar a otra para formar un todo, siendo esa otra parte 'la pareja ideal'. La media naranja, con la que se formará una naranja completa.
Es una idea se transmite sobre todo a las mujeres, a las que con frecuencia se les hace creer que existe una especie de príncipe azul, alguien perfecto para ellas, que les ha deparado el destino y que, tarde o temprano, encontrarán. Este mito transmite varias ideas muy perjudiciales para las parejas de la vida real.
Da por supuesto que los seres humanos no somos un ente completo, sino una mitad incompleta de algo, y solos o solas nuestra existencia tiene menos sentido o menos valor. Es decir, la vida de un ser humano no tiene sentido o valor por sí sola, sino encontrando a su mitad. Y muchas personas sienten realmente que solas no valen tanto, y que tener pareja da una especie de estatus (esto se transmite sobre todo a las mujeres).
Pero lo cierto es que sólo las personas que saben ser felices con ellas mismas, pueden compartir su felicidad con otro. La felicidad o la satisfacción no es algo que nos aporte o nos dé una pareja. Es algo que tienen las personas por sí solas y por ello pueden compartirlo con otras. Independientemente de que una pareja pueda, efectivamente, contribuir a aumentar una felicidad o bienestar que ya existía.
Además, habría que señalar que este mito parte de la base de que hay alguien hecho a la medida de cada uno y de cada una, que encaja perfectamente con nosotros (con nuestra forma de ser, de pensar, de comportarnos, nuestros gustos, nuestros ideales...). Por lo tanto, en el amor el único esfuerzo que se requiere es el de encontrar a nuestra mitad. La mayoría de los cuentos infantiles, por ejemplo, reflejan este mito y sitúan todas las dificultades y los problemas en ese proceso de búsqueda y establecimiento de la relación de pareja. Y lo demás, ya se sabe, es “ser felices y comer perdices”.
Se supone que una vez encontrada la pareja, y fijada su unión, no es necesario hacer ningún esfuerzo por mejorar la relación o mantenerla, por cuidarla a diario, por prestarle atención y dedicación, por negociar y entenderse. Se supone que no será necesario hacer frente a ningún tipo de frustración o desencuentro, ya que esta persona encajará perfectamente con nosotros en todo.
Puesto que cada persona es una media naranja de otra, si dos personas que son pareja discuten o tienen problemas, según este mito se debería a que no están con la mitad adecuada. Las mitades adecuadas no tienen problemas (no es el hombre o la mujer de su vida). Por tanto, se da por supuesto que es el destino, y no el esfuerzo de los miembros de la pareja, lo que inicia y mantiene el amor, y lo que hace que la relación siga viva y en armonía.
Las personas que creen en este tipo de pareja suelen tolerar muy mal las diferencias individuales, interpretándolas como una falta de amor, o incluso como un ataque personal de su pareja hacia ella/él. Cuando se detectan diferencias individuales (por ejemplo, a ella le gusta el deporte y a él no), se interpretan como signos de que la otra persona no es la media naranja verdadera. No es el hombre o la mujer ideal.
Las personas que mantienen este ideal de pareja con frecuencia desean hacer todas las actividades junto a su pareja, desean que todos sus amigos/as sean comunes, que sus gustos y aficiones sean las mismas, pasar todo el tiempo posible junto a la otra persona... en definitiva, que ya no haya vida individual para cada uno de ellos, puesto que son pareja. En estas personas son frecuentes las afirmaciones del tipo: “Si no viene mi pareja, no la paso bien”.
Estas creencias tipo media naranja son las causantes de los juegos del tipo “adivina lo que pienso”, “adivina lo que me hiciste”, o “adivina lo que necesito”, de forma que comunicar gustos o preferencias se vuelve complicado, fastidioso o problemático.
En terapia las personas con este modelo de pareja suelen utilizar frases del tipo “si me quisiera de verdad, sabría lo que me gusta”, “si de verdad me amara, se fijaría más y no sería necesario que yo se lo pidiera”, “no entiendo cómo no se da cuenta, me parece increíble que tenga que explicarle que no me gusta que haga esto”, “creo que si tuviera un poco de interés se pondría en mi lugar, y no sería necesario que yo le explicara”.
Y, de hecho, muchas de las personas que mantienen estas creencias son auténticos expertos en “leer el pensamiento” de su compañero o compañera (tratar de adivinar sin comunicarse con palabras las cosas). Pero también es posible que uno de los dos no tenga excesivo acierto a la hora de adivinar el pensamiento de la otra persona, y entonces surgen las discusiones.
Lo cierto es que todas las personas, hombres y mujeres, tienen su parte de “príncipe” y su parte de “sapo”. No existen las parejas ideales, sino que existen parejas formadas por personas con más características en común, y que además negocian y se comunican de forma efectiva, de cara a complacerse mutuamente, y a resolver problemas o dificultades que puedan surgir.








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el padre de la psicologia

Sigismund Freud, que, a los veintidós años, habría de cambiar ese nombre por el de Sigmund, nació en Freiberg, en la antigua Moravia (hoy Príbor, Checoslovaquia), el 6 de mayo de 1856. Su padre fue un comerciante en lanas que, en el momento de nacer él, tenía ya cuarenta y un años y dos hijos habidos en un matrimonio anterior; el mayor de ellos tenía aproximadamente la misma edad que la madre de Freud -veinte años más joven que su esposo- y era, a su vez, padre de un niño de un año. En su edad madura, Freud hubo de comentar que la impresión que le causó esta situación familiar un tanto enredada tuvo como consecuencia la de despertar su curiosidad y aguzar su inteligencia.
En 1859, la crisis económica dio al traste con el comercio paterno y al año siguiente la familia se trasladó a Viena, en donde vivió largos años de dificultades y estrecheces, siendo muy frecuentes las temporadas en las que, durante el resto de su larga vida (falleció en octubre de 1896), el padre se encontraría sin trabajo. Freud detestó siempre la ciudad en la cual, por otra parte, residió hasta un año antes de su muerte, cuando, en junio de 1938 y a pesar de la intercesión de Roosevelt y Mussolini, se vio obligado, dada su condición de judío -sus obras habían sido quemadas en Berlín en 1933-, a emprender el camino del exilio hacia Londres como consecuencia del Anschluss, la anexión de Austria al rancio proyecto pangermanista de la Gran Alemania, preparada por los nazis con ayuda de Seyss-Inquart y los prosélitos austriacos. 


La familia se mantuvo fiel a la comunidad judía y sus costumbres; aunque no fue especialmente religiosa; al padre cabe considerarlo próximo al librepensamiento, y el propio Freud había perdido ya las creencias religiosas en la adolescencia. En 1873, finalizó sus estudios secundarios con excelentes calificaciones. Había sido siempre un buen estudiante, correspondiendo a los sacrificios en pro de su educación hechos por sus padres, que se prometían una carrera brillante para su hijo, el cual compartía sus expectativas. Después de considerar la posibilidad de cursar los estudios de derecho, se decidió por la medicina, aunque no con el deseo de ejercerla, sino movido por una cierta intención de estudiar la condición humana con rigor científico. A mitad de la carrera, tomó la determinación de dedicarse a la investigación biológica, y, de 1876 a 1882, trabajó en el laboratorio del fisiólogo Ernst von Brücke, interesándose en algunas estructuras nerviosas de los animales y en la anatomía del cerebro humano. De esa época data su amistad con el médico vienés Josef Breuer, catorce años mayor que él, quien hubo de prestarle ayuda, tanto moral como material. En 1882 conoció a Martha Bernays, su futura esposa, hija de una familia de intelectuales judíos; el deseo de contraer matrimonio, sus escasos recursos económicos y las pocas perspectivas de mejorar su situación trabajando con Von Brücke hicieron que desistiese de su carrera de investigador y decidiera ganarse la vida como médico, título que había obtenido en 1881, con tres años de retraso.
Sin ninguna predilección por el ejercicio de la medicina general, resolvió adquirir la suficiente experiencia clínica que le permitiera alcanzar un cierto prestigio, y, desde julio de 1882 hasta agosto de 1885, trabajó como residente en diversos departamentos del Hospital General de Viena, decidiendo especializarse en neuropatología. En 1884 se le encargó un estudio sobre el uso terapéutico de la cocaína y, no sin cierta imprudencia, la experimentó en su persona. No se convirtió en un toxicómano, pero causó algún que otro estropicio, como el de empujar a la adicción a su amigo Von Fleischl al tratar de curarlo de su morfinomanía, agravando, de hecho, su caso. En los círculos médicos se dejaron oír algunas críticas y su reputación quedó un tanto ensombrecida. En 1885, se le nombró Privatdozent de la Facultad de Medicina de Viena, en donde enseñó a lo largo de toda su carrera, primeramente neuropatología, y, tiempo después, psicoanálisis, aunque sin acceder a ninguna cátedra.
La obtención de una beca para un viaje de estudios le llevó a París, en donde trabajó durante cuatro meses y medio en el servicio de neurología de la Salpêtrière bajo la dirección de Jean Martín Charcot, por entonces el más importante neurólogo francés. Allí tuvo ocasión de observar las manifestaciones de la histeria y los efectos de la hipnosis y la sugestión en el tratamiento de la misma. De regreso a Viena, contrajo matrimonio en septiembre de 1886, después de un largo noviazgo jalonado de rupturas y reconciliaciones como consecuencia, en especial, de los celos que sentía hacia quienquiera que pudiese ser objeto del afecto de Martha (incluida su madre). En los diez años siguientes a la boda, el matrimonio tuvo seis hijos, tres niños y tres niñas, la menor de las cuales, Anna, nacida en diciembre de 1895, habría de convertirse en psicoanalista infantil.
Poco antes de casarse, Freud abrió una consulta privada como neuropatólogo, utilizando la electroterapia y la hipnosis para el tratamiento de las enfermedades nerviosas. Su amistad con Breuer cristalizó, por entonces, en una colaboración más estrecha, que fructificaría finalmente en la creación del psicoanálisis, aunque al precio de que la relación entre ambos se rompiera. Entre 1880 y 1882, Breuer había tratado un caso de histeria (el de la paciente que luego sería mencionada como «Anna O.»); al interrumpir el tratamiento, habló a Freud de cómo los síntomas de la enferma (parálisis intermitente de las extremidades, así como trastornos del habla y la vista) desaparecían cuando ésta encontraba por sí misma, en estado hipnótico, el origen o la explicación. En 1886, luego de haber comprobado en París la operatividad de la hipnosis, Freud obligó a Breuer a hablarle de nuevo del caso y, venciendo su resistencia inicial, a consentir en la elaboración conjunta de un libro sobre la histeria. Durante la gestación de esta obra, aparecida en 1895, Freud desarrolló sus primeras ideas sobre el psicoanálisis. Breuer participó hasta cierto punto en el desarrollo, aunque frenando el alcance de las especulaciones más tarde características de la doctrina freudiana y rehusando, finalmente, subscribir la creciente convicción de Freud acerca del papel desempeñado por la sexualidad en la etiología de los trastornos psíquicos.
En 1896, luego de romper con Breuer de forma un tanto violenta, Freud empezó a transformar la metodología terapéutica que aquél había calificado de «catarsis», basada en la hipnosis, en lo que él mismo denominó el método de «libre asociación». Trabajando solo, víctima del desprecio de los demás médicos, el tratamiento de sus pacientes le llevó a forjar los elementos esenciales de los conceptos psicoanalíticos de «inconsciente», «represión» y 'transferencia'. En 1899, apareció su famosa La interpretación de los sueños, aunque con fecha de edición de 1900, y en 1905 se publicó Tres contribuciones a la teoría sexual, la segunda en importancia de sus obras. Estos dos fueron los únicos libros que Sigmund Freud revisó puntualmente en cada una de sus sucesivas ediciones.
Hasta 1905, y aunque por esas fechas sus teorías habían franqueado ya definitivamente el umbral de los comienzos y se hallaban sólidamente establecidas, contó con escasos discípulos. Pero en 1906 empezó a atraer más seguidores; el circulo de los que, ya desde 1902, se reunían algunas noches en su casa con el propósito de orientarse en el campo de la investigación psicoanalítica, fue ampliado y cambió, incluso, varias veces de composición, consolidándose así una sociedad psicoanalítica que, en la primavera de 1908, por invitación de Karl Gustav Jung, celebró en Salzburgo el Primer Congreso Psicoanalítico. Al año siguiente, Freud y Jung viajaron a Estados Unidos, invitados a pronunciar una serie de conferencias en la Universidad Clark de Worcester, Massachusetts, comprobando con sorpresa el entusiasmo allí suscitado por el pensamiento freudiano mucho antes que en Europa. En 1910 se fundó en Nuremberg la Sociedad Internacional de Psicoanálisis, presidida por Jung, quien conservó la presidencia hasta 1914, año en que se vio obligado a dimitir, como corolario de la ruptura fallada por el mismo Freud en 1913, al declarar improcedente la ampliación jungiana del concepto de «líbido» más allá de su significación estrictamente sexual. En 1916 publicó Introducción al psicoanálisis.
En 1923, le fue diagnosticado un cáncer de mandíbula y hubo de someterse a la primera de una serie de intervenciones. Desde entonces y hasta su muerte en Londres el 23 de septiembre de 1939, estuvo siempre enfermo, aunque no decayó su enérgica actividad. Sus grandes contribuciones al diagnóstico del estado de nuestra cultura datan de ese período (El porvenir de una ilusión [1927], El malestar en la cultura [1930], Moisés y el monoteísmo [1939]). Ya con anterioridad, a través de obras entre las que destaca Tótem y tabú (1913), inspirada en el evolucionismo biológico de Darwin y el evolucionismo social de Frazer, había dado testimonio de hasta qué punto consideró que la importancia primordial del psicoanálisis, más allá de una eficacia terapéutica que siempre juzgó restringida, residía en su condición de instrumento para investigar los factores determinantes en el pensamiento y el comportamiento de los hombres.